jueves, 22 de diciembre de 2011


“¿Alguien no sabe lo que es ser humillado? Es bien feo ser humillado.” Esas fueron las palabras que leí en el blog del cuy y que de pronto me transportaron a mi pubertad. Sí, sí sé lo que es ser humillado y sí, recuerdo que es feo. Recuerdo la sensación de vergüenza y odio, de rencor, de pánico y de no saber qué hacer, qué responder. Pero no recuerdo la circunstancia exacta, los diálogos al pie de la letra.

Hace poco una amiga me hacía uno de esos test psicológicos en los que me resultaba que yo “le tenía miedo al dolor y que por eso me lo negaba.” Ella y yo concluimos por entonces que esa afirmación no se aplicaba a mi persona, ya que ella y sobre todo yo hemos vivido un par de tristezas y dolencias mías. Sin embargo, me sorprendió encontrarme rebuscando entre mis recuerdos y darme con la sorpresa de que los detalles de mis humillaciones estuvieran perdidos, acaso para siempre. ¿Será que realmente le huyo al dolor? Pensé que era natural en el ser humano olvidar lo malo del pasado, de aquí que siempre se diga que “todo pasado fue mejor”.

El post del blog terminaba diciendo “Ojalá que aprendiéramos a perdonar, y entonces la humillación que nos resbala vuelve a quien quiso endilgárnosla.” El manejo que yo le di a mis humillaciones adolescentes fue otro, uno que hoy me parecería inmaduro. Pero me lo perdono porque era chica y ahora también les perdono a quienes me humillaron alguna vez lo que hicieron porque creo que, en el fondo, fue porque eran infelices consigo mismos.

El alejamiento espacial y temporal ayuda a dejar atrás el pasado.