“¿Alguien no sabe
lo que es ser humillado? Es bien feo ser humillado.” Esas fueron las palabras
que leí en el blog del cuy y que de pronto me transportaron a mi pubertad. Sí,
sí sé lo que es ser humillado y sí, recuerdo que es feo. Recuerdo la sensación
de vergüenza y odio, de rencor, de pánico y de no saber qué hacer, qué
responder. Pero no recuerdo la circunstancia exacta, los diálogos al pie de la
letra.
Hace poco una
amiga me hacía uno de esos test psicológicos en los que me resultaba que yo “le
tenía miedo al dolor y que por eso me lo negaba.” Ella y yo concluimos por
entonces que esa afirmación no se aplicaba a mi persona, ya que ella y sobre todo
yo hemos vivido un par de tristezas y dolencias mías. Sin embargo, me
sorprendió encontrarme rebuscando entre mis recuerdos y darme con la sorpresa
de que los detalles de mis humillaciones estuvieran perdidos, acaso para
siempre. ¿Será que realmente le huyo al dolor? Pensé que era natural en el ser
humano olvidar lo malo del pasado, de aquí que siempre se diga que “todo pasado
fue mejor”.
El post del blog
terminaba diciendo “Ojalá que aprendiéramos a perdonar, y entonces la
humillación que nos resbala vuelve a quien quiso endilgárnosla.” El manejo que
yo le di a mis humillaciones adolescentes fue otro, uno que hoy me parecería
inmaduro. Pero me lo perdono porque era chica y ahora también les perdono a quienes me
humillaron alguna vez lo que hicieron porque creo que, en el fondo, fue porque eran
infelices consigo mismos.
El alejamiento espacial y temporal ayuda a dejar
atrás el pasado.
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