viernes, 25 de febrero de 2011

Recuento: un año (advertencia, post largo)

Esto estaba hace tiempo, no sé por qué no lo publiqué...

Finalmente me doy el tiempo para hacer el recuento del año. Hace cinco días (wau, pensé que había sido más...) cumplí veintidós años y quiero revisar lo que he hecho durante ese ciclo de vida.

Empezaré diciendo que mi vida ha cambiado drásticamente de como estaba hace un año. Mi cumpleaños anterior lo pasé en la playa, con la familia de mi papá y con Luis, mi enamorado de entonces. Mis padres estaban metidos de lleno en el lío de las cuentas y me pedían que los ayudara moral y psicológicamente, lo cual hice a lo largo de este año. Gradualmente fui cogiendo el coraje para decirles lo que pensaba realmente, pero hasta ahora no he llegado al punto de encararlos y pedirles que se encarguen ellos mismos de sus problemas. Será que soy tonta, pero en fin, igual y ahora que estoy lejos ya no me molestan tanto.

Esa es otra: ahora estoy lejos. Ya no me acuerdo si en mi cumpleaños anterior ya había renunciado a mi trabajo para dedicarme a las bewerbungen en las universidades alemanas, pero creo que sí, que el año pasado todavía estuve trabajando. Cierto, ahí fue que conocí a José Luis (es su nombre real), pero siempre que hablo de él me refiero a "mi jefe", a secas. Y es que creo que es el único jefe que he tenido en mi corta vida laboral al que he respetado verdaderamente. Un chico despierto, consciente del universo que lo rodea y esmerado por hacer de su vida algo provechoso en un sentido trascendental. Casi me enamoré de él, o a lo mejor sí me enamoré y nunca me di cuenta, qué sé yo. Me acuerdo de que me dolió un poquito cuando me dijo que tenía enamorada y se burló de mí preguntándome si me había roto el corazón. Todo en broma y en buena onda, por supuesto; él no tenía ni idea de que realmente sí me había roto el corazón conocer al hombre más lindo del mundo y enterarme de que era nuestro destino vivir separados. Él aprendía francés para irse a Canadá. Me preguntó si ya estará viviendo allá, con su ahora prometida y con su hijo o hija. Algún día hablaré de él en detalle en este blog, es lo menos que puedo hacer por el recuerdo que guardo de él.

Pero bueno, volviendo a lo del trabajo: renuncié para dedicarme a presentarme a las universidades. Y mis padres se enojaban conmigo porque decían que era muy lenta, que no me ponía las pilas, qeu no tenía ganas de estudiar. Era cierto, en parte. Tenía miedo de lo que me gustaba. Estudiar cine y teatro... es de lo más arriesgado ¿no? Al final me fui por la tangente y entré a la universidad de Bielefeld por la facu de lingüística. Y aquí estoy ahora, estudiando lingüística. También me gusta, pero me doy cuenta, yo me doy cuenta cuando entro a los cursos de literatura, de traducción, ahí me siento a gusto, ahí soy feliz. A lo mejor estoy condenada a ser uno de esos bichos raros que no encajan dentro de lo que los padres esperan o dentro de lo que la sociedad acepta automáticamente como una persona potencialmente exitosa. De eso me di cuenta este año también: que no iba a estudiar economía para trabajar en un banco en horario de oficina, para enorgullecer a mis padres y engañarme a mí misma diciéndome que estaba haciendo algo bueno por mi país, que algún día llegaría a la cima del mundo y podría arreglarlo todo. No, así no se hacen las cosas. Me di cuenta de lo pequeña que era y de que tenía que encontrar mi función en el mundo y satisfacerme con ello. Y podrá sonar conformista, pero no quiero ver luego mis sueños destrozados y llorar sobre leche derramada, o quejarme por una guerra que estaba perdida desde antes que empezara.

Así que así fue. Entré a Bielefeld y alisté mis cosas para irme. Lo más duro para mí fue despedirme de Luis. No porque lo quisiera mucho y me doliera la separación, sino más bien porque pasadas las primeras semanas de la relación (o tal vez incluso antes) él y yo resultamos ser incompatibles de un modo más o menos dudoso... Quiero decir, yo soy celosa, y lo admito, y trato de controlarlo. Pero Luis... él era arena y yo era agua, y me dejé absorber.

Me dejé absorber al punto de alejarme de la persona a la que más aprecio en este mundo: Sofía. Y no digo alejarme sólo refiriéndome a que evadía sus llamadas telefónicas y a que, las pocas veces que contestaba, era para rechazar sus espontáneas invitaciones a salir. No. Me alejé incluso antes, cuando todavía la veía, mintiéndole acerca de Luis, adornando la personalidad de él para no ganarme la desaprobación de ella. Le mentí y me mentí a mí misma y tuve que superar todo eso ya sola, estando aquí, a miles de kilómetros de distancia.

No pude despedirme de Sofía. La incomunicación en la que nos encontrábamos provocó que yo no me enterara de su viaje a trujillo días antes de mi partida. El celular se me perdió también unos días antes de irme, con él perdí su número de celular. No tenía cómo llamarla. Desesperada, fui a su casa. No sabía la dirección, pero conocía el camino. A pesar de los regaños de mi madre, que odia andar en apuros, me fui de la casa a buscarla. Pero no la encontré, obviamente, porque ella no estaba en lima. "gracias señor" le dije a su abuelito y me subí al carro a llorar. Lloré y lloré, de rabia, de cólera, de frustración y de estupidez. Lloré por ser una tonta que no se pudo despedir de su mejor amiga. Lloré mucho como no recuerdo haber llorado en mucho tiempo. Y así, con ojos llorosos y mirada borrosa, manejé hasta mi casa.

Traté de superarlo y de avanzar a través del tiempo como robot. Así que el resto me pareció rutina. Terminar de alistar mis maletas, soportar a mi madre renegando y emitiendo sus ondas de odio hacia Luis porque no le gustan los apuros, tener que disimular la angustia de pensar que me estoy olvidando de algo, preparar papeles, esperar el día del vuelo, ver entonces a Luis con su mamá y su hermana, despedirme de ellos, soportar el hecho de que ni siquiera ese día mi mamá los salude con cortesía, aceptar los regalos de Luis, regalarle El Túnel para que lo termine de leer - sin mí, obviamente -, verlo llorar, llorar yo también. Tener miedo.

Luego hacer colas, pagar impuestos, subir al avión. Ver la ciudad empequeñecerse del otro lado de mi ventana. Asimilar el hecho de que, ahora sí, no había marcha atrás. No había marcha atrás... "No. Detengan el avión, quiero bajar, quiero regresar, no quiero irme, no quiero, no quiero, ¡¡¡déjenme salir!!!" Pensaba. Pero los pensamientos no eran lo suficientemente fuertes como para salir con un grito estruendoso de mi boca. Apenas tuvieron fuerza para vestirse de lágrimas y abrirse camino a través de mis ojos. Y sentí mi rostro que se iba mojando de tristeza mientras veía las luces amarillas allí abajo, más pequeñitas hasta hacerse invisibles, hasta estar tapadas por el blanco de las nubes, por el gris del humo y luego, por nada. Ya sólo se veía la negrura de la noche cubierta de estrellas... ¡Estrellas! Brillando tímidamente primero y luego apareciendo de a pocos hasta ser un montón de diamantes pintando en esa bóveda oscura el sonido de una cajita musical. Me hablan y me dicen "tranquila... tranquila... ya pasó... todo va a estar bien..."

Dicen que uno no guarda recuerdos de la tierna infancia, pero a mí esa sensación se me hizo sentir como si estuviera en mi cuna, llorando de frío o de sueño y de pronto escuchar el sonido del móvil colgado desde tan arriba, arrullándome con melodías dulces y apacibles. Me sobé los ojos con las muñecas y, todavía haciendo puchero, intenté calmar mi respiración entrecortada y dejar de llorar. Saqué mi botella de agua de azahar y me la tomé casi toda. Llamé a la aeromoza para que me trajera una copa de vino, pero no quiso. Le expliqué que tenía mucho miedo y que no podía dormir, pero me trató amablemente, como a una niña, me aseguró que todo iba a estar bien ("tú qué sabes...") y que no me asustara. Me trajo agua. Me molestó que no me hiciera caso. Pero no dije nada más. Tal vez era mejor así.

Viajar de Frankfurt a Bielefeld fue otro circo: hablar alemán después de tanto tiempo me resultaba muy difícil y la mezcla del alemán y el inglés hacían que no le entendiera mucho a la chica de la Deutsche Bahn que tratab de venderme el ticket directo a Bielefeld. Por suerte no perdí el tren y pude llegar a eso de la media noche. "Por fin, descansar en mi cama, quiero ver mi cuarto, cómo serán lo muebles, la cama..." "El depa es semi-amoblado, no hay muebles en tu cuarto, pero dejamos el colchón del chico que vivía ahí para que tuvieras donde dormir." Mierda. Un cuartito diminuto, con un bañito diminuto y una cocina-sala-comedor también diminuta. Y ahí viviría los próximos 3 años de mi vida. Así que mejor acostumbrarse.

Encendí la calefacción al máximo, puse el colchón al lado, me abrigué con la sábana que me prestó Xiao. Echada de espaldas, podía ver el cielo estrellado detrás de mi ventana gigante. Esas estrellas que procuraban arrullarme con su tintineo de cajita musical. Sin celular. Sin internet. Sin poder llamar a nadie a decirle "me siento sola". La autocompasión se apoderó de mí y volví a llorar y así fue cada noche de la primera semana, llorando siempre mientras miraba las estrellas, pensando en qué estaría haciendo Luis entonces, en si me estaría extrañando; pegándome a la calefacción para imaginarme que era él a mi lado, para no sentirme tan sola por un par de segundos.

Por suerte hacer trámites no fue tan difícil. Moverme en tren tampoco. Ya desde los primeros días encontré cabinas de internet donde podía pasarme un par de horas revisando y escribiendo correos para avisar que me iba bien. También le escribí a Sofía para explicar mis ausencias, para disculparme. Sus respuestas no fueron muy alentadoras, se sintió engañada y con razón. Y me dijo que no me consideraba más su amiga. Intercambiamos varios mails en los que yo intentaba recuperar su confianza y demostrarle que quería empezar desde cero. Ser auténtica con ella y no tener más miedo.

En esos mismos lugares compraba tarjetas de llamadas de larga distancia que usaba desde los teléfonos públicos de las calles. Llamé a Luis. Sí, a pesar de que nuestra relación era incierta y no sabíamos si estábamos o no, igual lo llamé a decirle que lo extrañaba, que lo necesitaba. Pasaba cada minuto pensando en que era posible que perdiera a mi mejor amiga, no quería perder también a la única persona que me apoyaba incondicionalmente. Pronto me compré un celular para mensajearnos. Los pleitos con él salían caros. Empecé a sentirme atrapada otra vez, como en Lima.

En cuando a mis trámites, en una semana estuvo todo en orden y pude empezar a usar las computadoras de la uni para entrar a internet, lo cual fue un gran alivio emocional y económico. Me inscribí a los cursos del semestre, que resultaron ser divertidos sobre todo porque conocí a un montón de alemanes que, por haber estado en latinoamérica, sentían una cierta atracción hacia la cultura y hablaban un español bastante fluido. Conocí a Felipe, a Anita, a Javi, a Lucía. Y el semestre se pasó volando, entre clases en las que era bastante buena y días en los que no tenía nada mejor que hacer que pasármela chateando en internet.

Pero mi reciente libertad se veía amedrentada por Luis, que tenía la necesidad de que me reportara constantemente (o al menos más seguido de lo que a mí me hubiera gustado) y por la angustia de que tal vez perdería a mi mejor amiga. En una conversa con Karin, ella me aconsejó sabiamente: "te fuiste para encontrarte a ti misma pero no has hecho más que ser como los demás quieren que seas. Sigues siendo lo que Luis te pide que seas y así no vas a llegar a ningún lado, ni con Sofia ni contigo ni con nadie." Esas líneas marcaron mi decisión final: Luis y yo terminamos por teléfono.

Seguí adelante con la uni, con la carga emocional que significaba lidiar con el estrés y desequilibrio emocional post-break up de Luis. Eso duró varios meses, hasta que yo finalmente decidí dejarlo ser. Que él me hable cuando quiera, no lo presionaría para que fuéramos amigos. Una lástima, con ésta ya sería la tercera vez que me tengo que despedir for good de una pareja. Pero qué voy a hacer, ya encontraré a un chico maduro. Una vez tomada la decisión de dejarlo libre, él borró todo contacto conmigo: Facebook, Messenger, número de celular, correo, borró su blog. Todo. No dejó rastro. Incluso ahora, si busco su nombre en internet, lo único que aparece es su facebook. Parece no querer que lo encuentre mientras que yo, para ser honesta, tengo muchas ganas de intercambiar un par de palabras con él. Pero no, dejémoslo como está. Ya nos veremos.

Con Sofía las cosas se arreglaron. Conocí a Raquel, empecé a hablar más con ella, casi creo que me enamoré de ella, empecé a fluir en un país lejano y a disfrutar de una nueva y desconocida libertad. Viví una nueva adolescencia sin que nadie me controle la hora de llegada a mi casa ni la gente con quien salgo. Y empecé a aprender a ser yo misma y a identificarme con mis raíces. Me sentí más peruana que nunca, irónicamente, estando lejos de mi país. Y crecí.

Aprendí a dejar ir cuando es hora de dejar ir. A hacerme responsable por mis actos. A reconocer lo que quiero. A reconocer lo que no quiero. A que tengo que organizarme mejor. A lavar. A doblar ropa. A ordenar mi cuarto sola. A limpiar la cocina y el baño. A apreciar a los pocos amigos que tengo. A no dejarlo todo para después. En fin, aprendí muchas cosas que en el fondo es inútil enumerar porque lo que cuenta es la práctica de lo qeu se aprende.

Si alguien terminó de leer todo este post, le dejo mi más sinceras gracias por tomarse tanto tiempo. Para mí fue un año importante y significa mucho poder compartirlo con otra persona. Te deseo un buen año a ti también.

No hay comentarios:

Publicar un comentario