Quiero mencionar
un par de experiencias que me marcaron mucho para explicar una gran
contradicción con la que me encuentro hoy en día constantemente.
Cuando conocí a
Paola, éramos muy niñas las dos. Vivíamos esa edad en la que uno cree
entenderlo todo, saberlo todo. El mundo cabe en la palma de la mano y todo es
fantásticamente analizable, clasificable y deducible para una adolescente con
un IQ de 210. Por entonces, confiaba en mi criterio más que en cualquier otra
cosa, sobre todo si esa cualquier otra cosa venía de algún adulto.
Uno de los temas
recurrentes era el de los prejuicios. Considero que no lo discutíamos como lo
discute cualquier otro. Recuerdo el momento en que Paola me señaló un prejuicio
mío que se había evidenciado a dar por sentado algo que ella había dicho y yo
quedé algo confundida. Le dije “yo pensaba que los prejuicios eran como los de
‘creo que eres así porque eres negro, porque eres cholo, porque eres
blanco...’” y ella me respondió “eso también es un prejuicio”. Entonces entendí
que un prejuicio es cualquier cosa que damos por sentado antes de haber
preguntado. Uno debe procurar estar seguro antes de abrir la boca y no hablar a
las locas, corriendo el riesgo de no estar entendiendo el mensaje o de que el
otro lo malinterprete, impidiendo la comunicación, o, en un caso grave, como el
de que alguien se sintiera ofendido, truncándola a futuro.
Desde entonces
empecé a tener especial cuidado con mis palabras. Empecé a procurar terminar
mis oraciones de manera gramática. Comencé a tomar conciencia de cada palabra
que salía de mi boca y empecé a darme cuenta de los errores garrafales que
cometían otros tanto en su escritura como en su oralidad. Algo que me
sorprendió en ese momento fue darme cuenta de que, a pesar de los tantísimos
errores que existían en la comunicación diaria, las personas se entendían entre
ellas. Los vi como locos comunicándose a través de idiomas completamente
distintos o, peor aún, a través de ningún idioma en absoluto. Y esa efectividad
en la comunicación a pesar de su nivel de impulcritud me parecía fascinante a
la vez que algo indignante.
La educación que
recibí en el colegio alemán intensificó esta forma de ver las cosas. Yo aprendí
a clasificar novelas de acuerdo a sus características, y aprendí a identificar
esas características a través de descripciones y observaciones meticulosas. Me
enseñaron el efecto que tiene cada recurso literario en un cuento, y por qué un
poema da ternura, conmoción, miedo o rabia. El aspecto técnico del arte. El
cómo, la tecné. Y para ser técnicos, hay que ser precisos, exactos al momento
de explicar por qué siento tal o cual cosa al leer esto o aquello. Las palabras
nunca sobran, más bien suelen faltar.
Siempre he sido
muy partidaria de la aplicación de lo aprendido en la vida y en uno mismo. Es
por esto que cuando yo me encontraba con una situación difícil, trataba de
analizarla igual que a mis poemas. Técnica, científicamente. Esto suele ser
bastante complicado cuando se tienen quince o dieciséis años, pero con el
tiempo uno se va cogiendo la práctica y se acostumbra. Creo que es en gran
parte por esto que yo me he convertido en la persona tranquila que soy. Y por
eso es que hay una cosa que me cuesta mucho crear en mí y entender en otros: el
enojo.
Pero no quiero
hablar de eso ahora, sino más bien entrar en la segunda parte de mi relato, que
es la que explicará la gran contradicción con la que me encontré.
A Miguel lo
conocí mucho después. Hace relativamente poco. Con él redescubrí algo que tenía
olvidado en el fondo de mi mente: la comunicación sin palabras. Es algo que,
lógica y técnicamente, puede sonar imposible a primera vista. Pero es más que
cierto y está más que asumido por los lingüistas contemporáneos. Dos personas
que, estando en la misma frecuencia, no necesitan más de tres o cuatro palabras
para entenderse perfectamente, con toda profundidad. Basta una mirada, y ya se
sabe. No sólo no hay necesidad de dar explicaciones, descripciones, detalles,
sino que todos estos son superfluos, sobrantes, innecesarios y hasta molestos.
Y, finalmente, mi
reciente relación con un hombre doce años mayor que yo, formado en el ámbito de
las comunicaciones. Uno esperaría un nivel comunicativo, por lo menos, bastante
similar...
Me equivoqué.
Muchas veces
tuvimos el problema de que él no se acostumbrara a que yo no entendiera las
cosas que él no me decía. Se quejaba de que tuvieran que decírmelo todo, de la
A a la Z, para que lo entendiera. A lo que yo pensaba: ¿de qué otro modo lo
podría entender? Si me dicen, por ejemplo, “tú y yo somos distintos”, yo, si no
estoy muy interesada en lo que me dicen, podría decir “sí, cierto”, pensando en
cosas como el sexo, el género, la edad, el color de piel, de los ojos, las
experiencias. Pero al hacer una afirmación así, cada quien le da una
interpretación distinta. Y mi interés me lleva a preguntar una y otra vez “¿a
qué te refieres?” porque, para mí, en el fondo, no es obvio. Es en este momento
cuando me caía el discurso de que “no entiendo los conceptos generales”.
Yo me pregunto,
honestamente, si él estaba en la razón o no. Siempre he creído que muchas
personas se ven sobreexigidas cuando se les pregunta “¿a qué te refieres?” y
tienen que especificar algo que acaban de decir. Tal vez su enojo o indignación
sea una reacción para pseudo-justificar la pura flojera de hablar o de pensar o
de ver adentro de sí. Pero el ver a dos personas en cuyo criterio confío
reaccionar de esa misma manera, me hace dudar sobre esta postura mía.
Y esta es la gran
contradicción: ¿En qué medida es necesario limpiar la comunicación? ¿En qué medida
es necesario cuidar el lenguaje? ¿En qué medida es necesario ser preciso con la
expresión de los sentimientos? ¿En qué medida son necesarias las palabras? La
respuesta que me doy de manera automática es “es necesario en la medida en que
es necesario.”
Con eso quise
decir (y aquí voy, explicándome de nuevo) que siempre hay que buscar el
equilibrio, pero el equilibrio no se puede encontrar en la practicidad, sino
que está dentro de uno, es algo visceral, casi inexplicable. Y, por eso, lo que
es equilibrado para mí, probablemente no lo sea para el otro, y uno tiene que
aprender a entender, aceptar y vivir con eso, partiendo siempre de uno y
actuando por uno mismo.
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