El ejercicio consistía en bailar nuevamente pero con los brazos, dejando que los nuestros y los de nuestra pareja se toquen y se pierdan y se vuelvan a tocar en todas las formas posibles. Al comienzo fue difícil, el nerviosismo hace que no me pueda dejar llevar. Pero finalmente lo conseguí: luego de movimientos torpes que no nos llevaban a ningún lado, aprendí a ceder cuando él me empujaba, y a tomar su impulso para empujarlo a él también. Y así provocábamos un vaivén que, con la aceleración del ritmo de la música, se iba haciendo también más rápido, y ya no sabíamos quién empujaba y quién cedía, porque ambos estábamos moviendo los brazos arriba y abajo, a la derecha y a la izquierda, volteándonos y cogiendo el brazo opuesto, empujando y jalando y atrayéndonos y alejándonos, cada vez con mayor velocidad. Y finalmente, cuando la música volvió a su calma inicial, la velocidad de nuestros movimientos bajó, y la desaceleración desembocó en caricias lentas y tibias, en nuestros brazos entrelazados que se enredaban y se desenredaban con cada acorde del piano, de la guitarra, todavía buscándose y desencontrándose.
Procurábamos concentrarnos en el ejercicio, en los movimientos. Pero nuestras miradas se cruzaron más de una vez. Tiene una mirada profunda, de esas que hasta me dan un poco de miedo. Esos ojos que miran sin miedo y sin asco, unos ojos grandes y llenos de luz. ¿Quién es esa persona que mira detrás de la ventana? Me recordaron a los ojos de José Luis, a los ojos de Paola, a los de Katharina. Qué lindo.
Vinieron más ejercicios después de eso.
Me recordó un poco al tango, a una lucha de espadas, a un juego de niños y a una enredadera.
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