Soltaré primero mis prejuicios al respecto: yo pienso que es más importante cultivarse uno mismo que andar por ahí diciendo lo que uno piensa, lanzándole ideas al viento arriesgándose a que nadie las escuche o a que nadie las entienda, y sin siquiera estar seguro de que lo que uno dice es correcto o beneficioso para el que reciba el mensaje. Si en algún momento un amigo, un pariente, alguien cercano, alguien que nos importa, requiere de nosotros, entonces ayudaremos y será natural. Ayudar naturalmente y no porque me crea más sabio. Lo principal es recibir, como en el juego de las pelotas...
Pero la clave está en esto: las intenciones no se ven. Si alguien sale a predicar a la calle, jamás sabré si se trata de un acto de soberbia o de auténtico deseo de ayudar. No hay forma de saber si la persona actúa genuina, honesta, noblemente. ¿Zepia quiere ser vista y reconocida? No lo sé, es demasiado high profile. De Raquel no lo pensaría. Pero, then again, a Raquel la conozco un poco más que a Zepia y la imagen que tengo de Zepia es la del típico artista perdido en las formas que cree que filosofa cuando sólo juega con las palabras procurando que suenen bonito. Pero, ¿es posible ponerles significado profundo a las palabras a través de un juego de azar? ¿Es posible que un grupo de monos, por mero accidente, creen una obra maestra con una máquina de escribir y un poco de papel? Ok, entonces creo que a lo mejor Zepia sí tiene algo que decir, no lo niego.
Y por otro lado, esa necesidad de ser visto, reconocido... ¿no la tenemos acaso todos? ¿Será eso aprendido de la sociedad o será natural en el hombre? ¿Es el hombre un animal social por naturaleza? Bueno, eso sí. Pero hasta ahí llega mi raciocinio. Lamentablemente...
Y volviendo al tema de la ayuda natural. ¿Quién dice qué es natural? Lo del ejemplo del pariente/amigo/ser querido en situación de necesidad era un mero ejemplo, pero hay otras formas de ayudar. Enviando mensajes a través de una obra ficcional, por poner un ejemplo. Escribiendo a través del facebook, por poner otro. Nadie tiene derecho a quitarles el derecho a hablar si tienen algo que decir.
¿Y yo? A lo mejor juzgué todo esto porque lo veía desde mi propia y sólo desde mi propia perspectiva. Qué vergüenza... Tener una perspectiva tan angosta, quiero decir. Pero bueno, que me sirva para conocerme. Lo vi así, como impropio o como poco natural porque a mí personalmente no me resulta natural. Yo no salgo a decir lo que pienso. En parte porque no estoy muy segura de mis ideas, en parte porque no quiero embarcarme en conversaciones tediosas y poco estimulantes que no me lleven a nada. Tampoco necesito reconocimiento por lo que pienso, ni por lo que descubro. (Es más, me sentiría mal si lo tuviera, lo cual es igualmente malo que anhelarlo, pero eso es otra historia.)
Pero... y si yo saliera a decir lo que pienso... ¿por qué sería? A lo mejor para discutir, para dialogar, para llegar a nuevas conclusiones y aprender. Y es que yo... yo no me siento en posición de maestra, no me siento en capacidad de enseñar nada. Siento que si voy a hablar, que sea al menos para aprender algo también de lo que yo misma digo. No me siento con la capacidad o autoridad o potestad o como le quieran llamar, de salir y predicar las verdades del mundo porque no las sé. Prefiero quedarme callada y escuchar, ir aprendiendo. Al menos hasta que me sienta segura, hasta que el brotecito se haya abierto paso en la tierra y salga a la luz del sol. Hasta que esté lista pues. Seguramente entonces, igual que Zepia o que Raquel, me sentiré no sólo lista sino obligada (¿o necesitada?) a salir a decir lo que pienso. Y será natural, no posero. Ja, tal vez por eso soy calladita...
Hasta entonces, me cultivo. Lo importante es recibir.
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