Nevó y las calles se cubrieron de blanco, parecía que una gran alfombra blanca suavecita abrigaba todo el suelo. Era lindo sobre todo en la madrugada, antes de que pasaran los carros especiales a mover la nieve de las pistas para que los carros no se resbalen. Antes de eso, todo era blanco, blanco y sin huellas que corrompan la superficia lisita de la nieve. Lindo. Y por ratos podía ver desde mi ventana la nieve que caía.
Luego la temperatura bajó. Como queriendo conservar esa alfombrita, bajó a menos diez grados. Un congelador gigante en el que la nieve se conservara. Hacer muñecos de nieve, dejar huellitas divertidas en el camino.
Y hace unos días volvió a subir. Un grado sobre cero. La temperatura precisa en la que la nieve empieza a convertirse en agua de nuevo. El resultado: Schneematsch. Una nieve a medio derretir, charcos de agua con pedazos de hielo triturado, todo eso mezclado de pronto con la suciedad del piso, una especie de lodo resbaladizo por doquier. Un asco. Sólo donde se acumuló la nieve de las calles, quedan vestigios del blanco que cubría la ciudad. En los bordes de las calles y en las esquinas. El resto, lodo.
Hoy volvió a bajar la temperatura. Menos dos grados. Los hombrecitos de nieve pueden sentirse a salvo de nuevo, no se derretirán. Pero la nieve medio derretida quedó dura y áspera y los charcos de agua ahora son hielo resbaloso. Limpio, pero resbaloso.
Toda una ciencia esto de la nieve.
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